Cada vez que un hecho de violencia grave o una amenaza sacude a una de nuestras escuelas,
la respuesta pública tiende a ser casi un reflejo condicionado ante la emergencia: endurecer la
mano, revisar mochilas, instalar pórticos. Debatimos, actuamos y generamos soluciones como
si el problema naciera al interior de las escuelas. Para directores, docentes y expertos el
diagnóstico es compartido hace décadas, las escuelas son cajas de resonancia social de
frustraciones, agotamiento, soledades, miedos, violencia estructural y mala planificación de
políticas públicas, que teniendo buenas razones y motivos, pueden generar más presión en un
sistema que hace décadas se encuentra acumulando contaminación en su interior.


Estos factores psicosociales externos a la escuela resuenan profundamente en el deterioro
sostenido de la salud mental infanto-juvenil, la huida de nuestros jóvenes hacia “el refugio” a
menudo tóxico y adictivo de las pantallas ante la falta de vínculos, y una profunda crisis
estructural, familiar y comunitaria hace que nuestros niños y adolescentes transiten cargando
una mochila invisible llena de rabia, desesperanza y una profunda soledad.


Pero el punto que más nos interpela es nuestro propio rol como adultos. Como indica la
neuropsiquiatra Dra. Amanda Cespedes, apuntamos con el dedo a la juventud, pero ¿qué hay
de nuestra salud mental como adultos?. Vemos a madres y padres agotados por la
supervivencia diaria, lidiando con sus propios deterioros de salud mental frecuentemente sin
tratamiento y, sin saber cómo conectar con hijos que se encierran en mundos virtuales
buscando la pertenencia que no encuentran en su entorno físico directo. Al mismo tiempo,
tenemos docentes sobrepasados, a quienes se les exige excelencia académica y la gestión de
aulas cada vez más complejas, sin entregarles el tiempo, la preparación ni el respaldo
emocional necesario.


Las autoridades generan soluciones a corto plazo instalando detectores de metales, revisiones
de mochila, bolsos transparentes desde una perspectiva de la desconfianza, que más temprano
que tarde se convertirá en un nuevo factor de malestar que continuará horadando los delicados
vínculos sociales que tenemos. Las soluciones efectistas son lidiar con los síntomas cuando la
enfermedad ya está avanzada. La verdadera urgencia radica en la prevención, en detectar
tempranamente el dolor emocional, en enseñar a dialogar frente al conflicto y, por sobre todo,
en rescatar una capacidad humana que parece en desuso “la compasión”, según palabras de la
misma Dra. Cespedes.


Las escuelas, además de indicadores académicos son núcleos del desarrollo humano. Pero,
esta no puede cargar con todos los problemas que generan los sistemas sociales sobre la
población. Requiere que volvamos a atender sistémicamente la complejidad de nuestra propia
sociedad. Mirar dentro de las familias, las comunidades, las instituciones y el mercado, para
hacer de nuestro espacio relacional uno de construcción de vínculos saludables y compasivos.

Francisco Alvear Novoa
Sociólogo

Mg. Gestión y Liderazgo Educacional


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