Cuando se cortaba la luz en la casa y todos nos reuníamos alrededor de la mesa frente una vela que intermitente nos radiaba una pequeña luz y mi tía, mi yaya, contaba sobre su infancia en Incahuasi y como por las noches no se podía ir a la estación de tren porque penaban. Era una historia, una estación, un lugar incómodo para ir, la promesa malvada de ver más allá, un final abierto… con una semblanza de cuentista que ya se lo querrían los mejores siendo tan potente las imágenes como los silencios. Entendí poco las primeras veces, ahora con el tiempo nunca lo olvide.

Sin saberlo, mi tía había dado con el centro del pensamiento narrativo.

¿Por qué contamos historias? No por entretenimiento, aunque también. No por tradición, aunque eso viene después. Lo hacemos porque es la única forma que tenemos de ordenar la experiencia. Sin relato, la vida es ruido. Un montón de cosas que ocurren sin conexión entre sí, como laminas sueltas de una presentación a medio armar, sin aquello que las une para sentir el pasto entre los pies descalzos y recordar la cara de tus seres amados aquella tarde de febrero.

La narración le da sentido a la experiencia humana. Eso suena a frase de taller literario —y lo es, no lo voy a negar—, pero detrás de esa afirmación también hay historia y bibliografía. Hay una forma de ordenar este discurso que nos inventamos. Por ejemplo:

Whitmont, un señor que estudió estas cosas con una dedicación que yo envidio, propuso que el pensamiento humano opera en tres fases que no se reemplazan entre sí, sino que conviven dentro de nosotros como capas geológicas. Primero fue el pensamiento mágico: la realidad como algo que se invoca, que se acepta, que llega desde afuera como destino. Después vino el pensamiento mítico, que toma esa misma realidad y la interpreta, le da forma, la convierte en algo comprensible. Y finalmente el pensamiento lógico-matemático, que establece orden, causa, consecuencia.

Lo interesante es que los tres juntos forman lo que se llama el inconsciente cognitivo. Es decir: cuando piensas, no solo estás usando la lógica. Estás usando también el mito y la magia. Cada vez que le cuentas a alguien cómo te fue en el día, estás haciendo las tres cosas al mismo tiempo sin darte cuenta.

Eso me parece extraordinario.

El pensamiento narrativo, según Smorti, funciona acumulando. No deduce desde principios generales hacia abajo, como haría un matemático. Va hacia atrás: busca antecedentes, rastrea huellas, construye sentido desde los fragmentos. Por eso la metáfora no es un adorno literario. Es una herramienta cognitiva. Cuando dices “este proyecto es un barco que se hunde”, no estás siendo poético. Estás reorganizando la experiencia de una forma que el lenguaje directo no puede hacer.

Eso lo sabía mi yaya y nunca leyó a Smorti.

Los elementos con que se construye una narración son materias primas es decir: vivencias. No ideas abstractas. No conceptos. Vivencias. Y a partir de ellas, un personaje que quiere algo, una trama que lo complica, un diálogo que lo devela, un punto de vista que lo filtra, un tema que lo sostiene por debajo, una estructura silenciosa que se escucha en toda la obra, como el sonido de un bajo en tu canción preferida.

Nuestros inconvenientes con los lectores que tenemos  —y aquí me pongo solemne, lo admito— es que vivimos en un mundo que premia la síntesis, el dato, el carrusel de imágenes, el resumen ejecutivo. Y eso no está mal para algunas cosas. Pero cuando se trata de transmitir algo que de verdad importe, de mover a alguien, de que una idea no solo entre por la cabeza sino que se quede en el cuerpo, el único camino que conozco es la historia.

Un maestro siempre cuenta historias y nunca explica su significado. Sus discípulos, hartos, le preguntan por qué. Y él responde: ¿les gustaría que alguien les ofreciera fruta y la masticara antes de dársela?

Eso es todo.

Eso es el pensamiento narrativo en una sola imagen: la historia como fruta entera, sin masticar. Lista para que tú hagas con ella lo que necesites.

El significado no se entrega. Se construye. Y para construirlo, necesitas la historia primero.

Heber Rojas Barrera

Profesor de historia y geografía

Magister en gestión y liderazgo publico.


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