Recuerdo que el primer libro que tuve en las manos era uno de cuentos, 365 cuentos para niños, un libro repleto de ilustraciones propias de los años 90, que ahora se ven tan lejanas, pero que en aquel entonces eran la cúspide de un milenio que se iba acabando y que nos dejaba la extraña sensación de que las computadoras se iban a tomar el mundo, o que todo se iba a ir por el desfiladero de un siglo brutal como lo fue aquel. Aquel libro era sin duda el refugio de mi persona, que no tenía mucho acceso a estos, y que sin duda ese libro ajado y manoseado por mis manos y las de mi hermano era la muestra de que queríamos acceder a estos bienes que por aquel entonces no comprendíamos bien qué eran, y menos aún un bien cultural. A mí me gustaba porque tenía monitos y eso bastaba para un niño de 8 años, repleto de una seriedad que, decía mi madre, no era propia de aquella edad.
El segundo recuerdo que tengo de un libro fue en una sala de clases, por allá en 4° básico. El colegio había recibido para cada curso una colección de libros infantiles, una variedad enorme de ellos, y yo, por portarme bien —razón que por lo demás olvidé con el tiempo—, era el primero en escoger. Recuerdo que tomé dos; mentiría al decirles qué libros fueron, pero lo cierto es que me acuerdo de la pulcritud de estos y de las ilustraciones que, coloridas, llenaban mis ojos. Me llevé los libros campante a mi casa y disfruté su lectura siendo niño.
Después de eso, el tercer libro que recuerdo es Corazón y Una niña llamada Ernestina, La edad del pavo y, por aquellos años, mi favorito, Los Karas y la droga de la obediencia, el primer libro que me atrapó completo y que desató en mí una frenética lectura que llamaba la atención de mi tía, a quien, según recuerdo, siempre le incomodaban mis obsesiones. Años después, cuando entré a la universidad y me metí de lleno en el mundo de la lectura universitaria, estaba preocupada porque me iba a volver loco, teoría que mi amigo Felipe creyó con tal poder que, para no someterse a la locura que se me avecinaba, decidió no leer ningún libro nunca.
Luego de eso vinieron los cómics, que pedía y pedía una y otra vez, pero que era imposible comprar para mi mamá, ya que apenas tenía dinero para darnos de comer, y comprar o gastar dinero en hojas a color era sin duda imposible. Cuando pudo comprarme libros, eso sí, lo hizo con gusto, sobre todo aquel cómic llamado Spider Boy, un extraño Hombre Araña con chaqueta de cuero.
Recuerdo pasar por los kioscos viendo las portadas de cómic que no pude leer nunca y que después, siendo viejo, poco me interesaron. He de hacer mención al primer manga que tuve en mis manos gracias a mi primo Juno: un número de Dragon Ball de edición española que contaba la historia de Gokú enfrentándose con Picoro. Impresionado, observé cómo atravesaba el cuerpo del enemigo con aquella determinación que le caracteriza.
De ahí un salto largo y tendido hacia la adolescencia, que, tal como lo plantea su nombre, adolecí. La cesantía arrasaba en mi casa y, como siempre, sentía la impotencia de no poder entregar dinero para comer. Decir que pasé hambre en la casa sería mentir, pero en el colegio vaya que sí fue así; la guata pegada a la espalda era clásica en mí y en mi desgarbada figura.
Por aquellos años estaba mi amigo Correa, que, teniendo mayor acceso a los cómics y a la animación japonesa, me prestaba revistas que leí con ferocidad. Para qué decir cuando llegó a mis manos la maravillosa revista Cimoc. Esos cómics, la revista que tenía en mis manos, eran de 1992, 1993,
siendo ya el año 2000, 2001. Ahí conocí el cómic europeo y las ilustraciones de Simón Bisley y de Jiménez, así como las de un tal Moebius; me volaron la cabeza.
Luego de dimes y diretes con mis acercamientos a las mujeres y, por supuesto, al mundo de los adultos, entendido como el alcohol y los cigarrillos, siempre mantuve aquella cercanía hacia los libros, o mejor dicho, aquel amor hacia ellos que, producto de las hormonas y la lógica del choro vivido en el colegio donde estudiaba, estuvo a punto de extraviarse. Por suerte llegó a mis manos El Hobbit, prestado por mi gran amigo Cristian Correa. No creo que él sepa lo mucho que significó su amistad para mí y lo que El Hobbit implicó en mi vida. Pero cuando lo leí me cambió en absoluto: sabía que ya todo iba a ser diferente, que aquellas aventuras harían de mi imaginación un campo fértil para futuras historias. Todo esto en un contexto donde El Señor de los Anillos era la película que estaba de moda por aquellos años. De mi amor por el cine hablaremos después, ya que es otra larga historia.
Finalmente salí de cuarto medio. No sabía qué estudiar y, en un esfuerzo considerable hecho por mi madre, me pagó con sacrificio un preuniversitario en mi año sabático y de descubrimiento. Leí Drácula, Como agua para chocolate y salpicones de uno que otro poema de Benedetti. Un año complejo y repleto de temores que se concretaron en la muerte de mi abuela, una pérdida que lloro aún hace más de 20 años.
Cuando entré a la universidad llegaron todos los libros de repente, una infinidad de ellos y la preparación para una maratónica jornada de lecturas. Mi primer amor fue Mircea Eliade y hasta el día de hoy mi gran amor per saecula saeculorum: La Odisea. Dios, La Odisea. El mejor libro jamás escrito. Y luego de él vinieron todos los demás.
Hoy en día, en mi hogar hay más de 1200 libros y siempre faltan. Siempre quiero más y creo que este deseo de leer —las novelas que amo, los poemarios que necesito o las herramientas que busco en ellos— no acaba. Cuando publiqué mi primer poemario una alegría me repletó; sabía que había contribuido a llenar un espacio en la gran biblioteca de la existencia. Algún día un niño tan perdido como yo, un adolescente aproblemado o un veinteañero con problemas de consumo leerá algún poema, un cuento o quizás mi novela, y encontrará en ellos aquella paz, aquella comprensión, aquella empatía que sentí yo al leer esos libros que han atravesado mi vida. Espero que esos posibles lectores sientan aquella maravillosa sensación de asistir a un banquete donde, extasiados, encuentren aquella calma que sentí, aquel amor que me hizo vibrar hasta las tripas.
¿Por qué te cuento esto? Es simple: amo las historias y los libros. Y este relato es un fragmento de mi vínculo con ellos.
Heber Rojas Barrera, Consultor educacional.

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